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Franco en el AZOREDUARDO HARO TECGLEN*EL PAÍS Domingo, 4 / 2 / 1990El horizonte era cárdeno y los rayos del sol iluminaban, desde abajo, unas nubes que se volvían sonrosadas, violeta, y se deshacían con el viento. Acodado en la borda, Franco dijo: "¡Quién fuera pintor!". De niño quiso serlo; y también marino. Ahora que lo tenía todo era pintor de domingo y marino de su yate. Quizá el nombre del barco, Azor, correspondía al ave de presa que pintaba con minuciosidad y cuidado; como si estuviera junto a ella y, abajo, un pueblo castellano. Brotaba sin duda algún subconsciente de esas imágenes. Franco hablaba de esto con su médico, Vicente Gil. Blanco y discreto, al fondo, el horizonte del Ferrol. El Ferrol del Caudillo. |
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    La censura era muy especial con las pescas milagrosas del jefe de Estado. En un concurso de salmón se quiso decir que uno de los capturados era el más grande de España y la censura lo prohibió. Un director general llegó una vez de Nueva York con noticias importantes para una industria española, y con una caña que había comprado para Franco; el jefe del Estado no le dejó explicarse, y le aterró haciendo volar el anzuelo por el despacho en que le recibía.     La iniciación a la pesca se la debió a Max Borrell, cuando éste era gobernador civil de La Coruña y Franco veraneaba en el pazo de Meirás. Le llevó un día en un bote de pescar y vio su entusiasmo: al día siguiente Franco le llamó para que fueran otra vez: "Yo le diré a Carmen que nos prepare unas tortillas y unos filetes: así podremos estar más tiempo en la mar".     La tranquila aventura del Azor duró 26 años de la vida de Franco. Después quedó anclado y fue usado con timidez. Una vez, por la familia real (el Rey embarcó en él para pasar revista a la flota). Otra histórica vez, por Felipe González, en sus vacaciones de verano de 1985. Un pálido y leve crucero: de Lisboa a Rota. Alguien debió aconsejarle mal, o quizá fue su deseo de asumir el pasado. La derecha criticó a González con sarcasmo y le acusó de querer meterse en la piel del sagrado antecesor. La izquierda, de ostentación y lujo. Muchos, sólo por rememorar el nombre del barco fantasma. Bajó en Rota y no volvió nunca más; ni nadie lo ha utilizado.     Quienes lo han visitado ahora dicen que el yate está como se construyó, con la añadidura final de Franco: dos camarotes de lujo para él y doña Carmen, la señora por antonomasia, que luego fue sólo de Meirás. Sus paredes son de madera de fresno y de raíz de sicomoro egipcio. Y su plata vieja, y la fina porcelana de sus vajillas y los camarotes de invitados donde los ministros y los embajadores lloraban del más simple de los miedos que habían tenido: el de la mar, como decían a bordo.     Las condiciones de navegación son perfectas: la tripulación lo ha mantenido sacándole por el Cantábrico. Y el cañoncillo que Franco mandó comprar en Noruega, con el que pescó el cachalote —perdón, el cetáceo— sigue a popa.     El miércoles navegó hasta El Ferrol para ser subastado. Se calcula que el precio de salida puede estar en 100 millones de pesetas, pero los posibles compradores se mantienen en secreto. Lo que se dice es que va a ser desguazado, y que con ello se ganará dinero. Pero hay quien cree que puede adquirirse para seguir paseando por el mar. Quien tenga dinero para pagar ese precio puede sin duda comprar fácilmente un yate moderno, con condiciones de navegación infinitamente mejores, más estable, menos doloroso para la diversión y para la pesca.     Pero sin recuerdos. Todo el fasto de un régimen, las horas libres de quien nunca consideró la libertad de los demás como necesaria, las sombras de almirantes, ministros, jefes de Estado extranjeros y nacionales, fraques, condecoraciones, gorras de comodoro, blazers con buenos y legítimos escudos bordados; brindis con agua, charlas sin cigarrillos, ensueños de imperio, de marino sin escuela, de pintor sin colores para el cielo gallego —pero con una Leika alemana de los viejos tiempos—: todo un trozo de la historia desdichada y fastuosa de la España reciente; son cosas que se pueden comprar. Quizá haya alguien que lo quiera precisamente así. NOTA Desde el 21 de abril de 1949 Franco utilizó el Azor, construido en su Ferrol natal, como base de operaciones para la pesca del atún, a la que era tan aficionado. La nave albergó asimismo diversas reuniones políticas y en ella discutieron el dictador y Don Juan de Borbón, padre del actual Rey de España, el problema de la sucesión al franquismo. A estos encuentros se los recuerda con el nombre de Conversaciones del Azor. Franco había contado antes con un yate menor, de igual nombre aunque él lo llamara Azorín, y que fue construido en 1925 en Kiel (Alemania) con madera de roble. El Azorín fue adquirido por un chatarrero que lo pagó 500.000 pesetas en una subasta celebrada en el puerto de Marín en septiembre de 1983. El Azor en cambio fue subastado en 1990 y lo adquirió un empresario español, siendo su historia posterior difícil de reconstruir. |