08-10-2002    La canonización del ya beato Josemaría Escrivá de Balaguer

Vespito

Roma, domingo 6 de octubre de 2002. Me levanto a las tantas, bajo a la calle a la búsqueda de un cruasán y me encuentro hordas de españoles. La ciudad está ocupada, van en grupos formados por unos adultos, multitud de cachorros y algún cura. Reinan el buen rollo, la sonrisa franca, el castellano con acento correcto, las damas enjoyadas, las cazadores de ante, las camisas y jerseys Ralph Lauren, los peinados a lo Jose María Aznar. Cada cual viste, ríe y se peina como le da la gana. Y reina también, grande, roja y gualda, en forma de capa, la bandera de España, la constitucional, una miniatura de la que el Ministro de Defensa, que también anda por aquí, aunque subrayando que en forma privada, ha decidido honrar una vez al mes en Madrid.
    Estos alegres personajes han decidido reunirse en un país vecino a Italia, encajonado en Roma, la Ciudad del Vaticano, porque el Jefe de Estado de ahí ha decidido darle un título honorífico a un español ya difunto, Josemaría Escrivá de Balaguer. En muchos países existen los títulos honoríficos. En España, que es un Reino, los otorga el Rey de acuerdo con el Consejo de Ministros: Adolfo Suárez es Duque de Ávila; la Infanta Cristina, al casarse, recibió el regalo del Ducado de Palma de Mallorca, porque a la pareja le gusta la vela y practica el deporte en las Baleares.
En las Repúblicas hay títulos honoríficos diferentes, te hacen Caballero del Trabajo, Comendador, o miembro de la Legión de Honor, por ejemplo.
    En la Ciudad del Vaticano te hacen Santo, y sólo si estás muerto desde hace años y si consideran que estás en el cielo. Para que consideren que estás en el cielo, tus acólitos tienen que haber demostrado que has hecho cosas inexplicables, llamadas milagros, almenos dos. Pero estos santos de hoy ya no son lo que eran: la figura del Abogado del Diablo, han pensado que es mejor evitarla, después de su instauración en el Concilio de Trento (1588) y de unas cuantas buenas películas sobre el tema; los años desde la muerte del interfecto ya no hace falta que sean décadas, pueden ser lustros o menos; los milagros basta con explicarlos por encima, por ejemplo enseñando fotos del antes y del después. Da igual, la Ciudad del Vaticano es una monarquía absoluta electiva por sufragio restringido, manda el Jefe de Estado, al que llaman papa, sin acento, actualmente Carol Wojtyla, y sólo faltaría que este hombre no pudiera decidir a quién otorgar sus títulos honoríficos. Es uno de esos países raros como Bhutan, Liechtenstein o Andorra. En el primero no existe la televisión, porque no; en los otros dos la evasión de capitales desde otros Estados es premiada con altos intereses bancarios; en la Ciudad del Vaticano está nada menos que el representante de Dios en la Tierra, o sea un lujazo.
    Escrivá de Balaguer fundó en vida el Opus Dei, una organización con tintes secretos, que tras la defunción del hoy Santo ha seguido funcionando. Hay quien dice que los miembros del Opus (así se le llama cariñosamente) anhelan poder, que se ayudan los unos a los otros para ocupar cargos de los de verdad en las administraciones de los Estados o de las Empresas, que luego todo es lo mismo. Las malas lenguas dicen eso porque muchos poderosos en España, Italia, Latinoamérica, son del Opus Dei y no les cabe duda de que el Opus es un grupo oculto de poder, de presión, un lobby.
    Si el Opus fuera un club de tenis, nadie diría nada. En cambio es una prelatura personal, una organización interna a la Iglesia Católica Apostólica Romana. Esto último, que cariñosamente llaman Iglesia, es un tinglado de la Ciudad del Vaticano para que gente de todo el mundo que se siente fiel al Jefe de Estado de ese país, pueda demostrarle esa fidelidad, a él y a Dios, que es su superior jerárquico, aunque su existencia es dudosa y su propio representante admite que su paradero es tan inestable que parece que esté en varios sitios al mismo tiempo. Quizá se trate de una coartada del papa para justificar su poder, aunque este es un bulo centenario y algo demodé. La Iglesia es pues algo así como el conjunto de embajadas del Vaticano en los demás países, embajadas de cara a la ciudadanía y no para asuntos políticos. Se dice que la Iglesia tiene el poder religioso, o espiritual. Así Carol Wojtyla manda lo que quiere en su país para cosas de parné o similares, y sobre los que le son fieles en todo el mundo tiene autoridad sobre cosas morales, a saber, si esto es bueno o lo otro es malo. Y el Opus Dei, al ser una prelatura personal, tiene cierta independencia de este hombre, es decir que el Opus tiene su propio virrey, al que llaman prelado, que actualmente es un tal Javier Echevarría. Puesto que Carol Wojtyla ha favorecido tanto al Opus, uno sospecha que él mismo es uno de sus miembros, y en ese caso ya no se entiende si manda más él o Javier Echevarría, pero esto es como preguntarse si quieres más a papá o a mamá.
    Lenguas más viperinas excluyen que el Papa sea miembro del Opus y perspicaces sospechan que simplemente le está pagando a esa organización deudas adquiridas vaya Usted a saber cuándo, y quieren imaginar que en el cónclave que le proclamó Jefe de Estado.
    La cuestión es que Roma está plagada de españoles devotos, por orden alfabético, de la Ciudad del Vaticano y de Escrivá de Balaguer, y esto me alegra infinitamente porque hace tiempo que falto de España, pero me cuesta entender por qué en la canonización de Escrivá se trae esta gente la bandera de España y se la pone por capa, como cuando el equipo nacional gana los Mundiales de algún deporte. Si el tema aquí es espiritual, ¿qué tiene que ver la Constitución española, que es evidentemente aconfesional? Uno sospecha que esta gente es muy nacionalista y me preocupa que ocupen el Gobierno miembros y simpatizantes del Opus, que son también nacionalistas recalcitrantes. Patria e Iglesia, nacionalcatolicismo, en fin: franquismo.
    Roma, lunes 7 de octubre de 2002. Me levanto algo más pronto que ayer y bajo a la calle a la búsqueda de un cruasán. Se han terminado todos y el del bar me dice: «No, es que han venido los españoles». La ciudad está paralizada por una misa en el Vaticano (que en fin de cuentas para el visitante no es mucho más que una plaza) en honor de Escrivá de Balaguer. El romano de a pie está de los españoles hasta las narices, pero se le explica que estos traen dinero, que llenan hoteles y restaurantes y se tranquiliza. Luego me entero de que las cerimonias de ayer y hoy tienen patrocinadores y me quedo estupefacto, me siento en una novela de política ficción, donde las cosas espirituales tienen patrocinadores: "un importante grupo bancario y una gran compañía informática". Sospecho entonces que no he entendido nada, vuelvo a casa y a otra cosa mariposa. Eso sí, sin cruasán.


 

 


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Reportaje de EL PAÍS sobre el Opus Dei

Excelente crónica de la canonización de Escrivá desde Roma para EL PAÍS, por Lola Galán. Gran trabajo periodístico

Artículo anticlerical sobre la proliferación de santos en los últimos lustros

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