Reinventar el pasado

Antonio Tenorio Muñoz Cota


Para Héctor, hermano impredecible, compañero imprescindible en el juego diario de imaginar el pasado e inventar el futuro.

Paco Ignacio Taibo II, La lejanía del tesoro, Planeta - Joaquín Mortiz, México 1992.

El hechizo de lo simbólico. 

Lo simbólico es lo real, me dijo una vez un amigo psicoanalista; lacaneano, creo. Unos cuantos carruajes salen subterfugiamente del Palacio Nacional. En ellos, un presidente, algunos acompañantes y unas cajas polvosas que contienen no más que papeles, emprenden la huida. Exiliados en su propio territorio, los viajeros resguardan la historia, el pasado, la memoria colectiva simbolizada en esos papeles amarillentos. Paradójico, sin duda, que en un país de iletrados sea, precisamente, el Archivo General de la Nación lo que Juárez decide llevarse consigo al salir de la capital ante la inminente entrada de las tropas Francesas.

El presidente errante intuye la fuerza de lo simbólico, porque en ellas se encuentran sintetizado lo que hemos sido. El símbolo apela a la emoción y la identidad. El Ejecutivo, guardián de la historia, recorre a salto de mata un país que no tiene mucha pinta de serlo. En esa guerra desigual contra el ejército mejor entrenado y armado del mundo, el tiempo ha sido abolido. Se trataba de resistir. No sucumbir ante la desesperanza era la primera tarea. En palabras del novelista y poeta Czeslaw Milosz, se trataba de conservar "el don de la cólera y la fe inquebrantable". En los combatientes juaristas está presente la idea de que tarde o temprano, mientras lo simbólico, el elemento de cohesión e identidad, permanezca, la victoria estará de su lado. Mientras tanto... resistir y resguardar el tesoro: la memoria. 
 

A partir de esta situación, Paco Ignacio Taibo II, buen jugador de dominó, fumador de Delicados a pesar de los Imeca, narrador fluido, ha construido una novela, La lejanía del tesoro, que le ha valido el primer lugar del premio Joaquín Mortiz - Planeta. Historiador por formación y literato por vocación, Taibo deja traslucir ambas obsesiones. Es más, las sobrepone, las confunde intencionalmente otorgándonos una novela que lo mismo da cuando de un laborioso trabajo de archivo que de la reconstrucción imaginaria y emocionada de algunos hechos. 

Ya en las líneas de la primera página, el autor ofrece, un poco a manera de explicación justificatoria del sacrílego que se ha propuesto; otro tanto, probablemente, como autoexoneración frente al exceso que él sabe está a punto de cometer en voz del protagonista: que la historia es, también, "literatura del fulgor inexacto", para un párrafo abajo llamar a leer "estas notas de viajero en rebelión, escritas entonces y ahora como una novela de la historia o como una historia de la novela misma..." El puente entre historia y literatura parece tendido. La primera, la historia, el historiador, cuenta, o mejor dicho, enumera y reinterpreta lo que sucedió a partir del conocimiento; la segunda, la literatura, es, más bien, el espacio fértil para narrar, antes de lo que pasó, lo que pudo haber sido. Taibo toma de una y otra, y errante como el propio Juárez, corre del archivo a la carta escrita en un embotellamiento en el periférico; del documento a la inspiración; de la ficha a la composición visual de un pasaje; del retrato a la imaginación de un gesto, de un tono de voz; de la mesura del dato al hechizo febril de su propia emoción narrativa. 

Los motivos de Paco 

En una conferencia, hace 30 años, Cortázar se preguntaba cómo distinguir un tema insignificante, pero más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo. Él mismo se responde así: "lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado" un poco más adelante dice que "el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas [...] la fascinación irresistible que el tema crea en su autor". La elección que Taibo ha hecho del tema de su novela encaja en las palabras del célebre autor de Continuidad de los parques. La vorágine del XIX mexicano, país de caudillos un día idolatrados y al otro en el destierro voluntario o forzado, el signo del caos, del parto doloroso de la que se obstinaba por ser reconocida como una nueva nación, el de los "traumas históricos" y rostro lo mismo trágico que carnavalesco; nada parece estar en su sitio, ni siquiera parece haberlo para que nada esté. A Taibo lo subsume este desgarrado "país de rumores", en donde lo peor pasa cuando parece que nada sucede; lo otro es lo normal. La única nación del mundo donde un ejército le cantaba a la esposa del general en jefe de la milicia enemiga. 

Sobre tres ejes corre la narración. Sin reposo, sin tregua siquiera para tomar respiro, el autor presenta unos manuscritos "perdidos" de Guillermo Prieto y lo hace la voz cantante de la novela. A la par de este "hallazgo", Taibo va siguiendo los pasos de Riva Palacio, su conversión de poeta a guerrillero y general en la zona de Zitácuaro. No se sabe bien si al centro o al rededor de estos dos destinos está el tesoro. Juárez, en un pueblo perdido de Durango, durante un discurso sufre un tremendo ataque de tos justo cuando está hablando del tesoro que lleva con él; una vez repuesto olvida el tema y el discurso continúa sobre otros tópicos. Pero, dice el narrador, la palabra maldita ya estaba dicha: tesoro. Y afirmamos que es difícil saber si el "tesoro" está al centro o al rededor porque nos encontramos frente a una especie de escenario giratorio. Taibo nos coloca como espectadores de una obra de teatro donde la escenografía da vueltas a ritmo trepidante.
 

Así como el tema en ningún caso es mera cuestión de asar y requiere de la fascinación que señalaba Cortázar, los personajes centrales tampoco lo son. El cronista Guillermo Prieto y su amigo Riva Palacio son portadores de la propia voz de Taibo. Pero eso no es todo. Lo representan en un acto de fe: la palabra como instrumento y devoción; como perduración de la tradición y con ella de la memoria. De esa memoria que se vuelve resistencia contumaz en contra de la injusticia. Taibo encuentra en uno y otro personaje la fusión de dos elementos que el mismo rastrea como escritor y ciudadano inmerso en una colectividad signada por un espacio temporal preciso: la belleza y la justicia; la literatura y el compromiso político. Porque es falso el dilema que sitúa a la obra artística, al poema, la novela, el cuento, como un producto ascépticamente revelado en la individualidad del creador. El autor le confiere credibilidad el compromiso total de su persona, su presencia viva en el seno de su colectividad. Es eso, justamente, lo que fascina a Taibo - y a través de él a nosotros - de Prieto y Riva Palacio: la congruencia. 

Paco Ignacio se mira a sí mismo en estos poetas - guerrilleros. Ignacio Padilla ha señalado, establecido un paralelismo entre los personajes de Taibo y el Baltasar Bustos Fuentesiano de La campaña, que a diferencia de éste, "los poetas de Paco Ignacio Taibo II son actores antes que testigos de un momento histórico en particular". Y es justamente así como se asume el autor de La lejanía. Si se sigue su trayectoria encontramos con facilidad a un Taibo involucrado en la realidad social que lo circunda. Nada más alejado de él que la imagen del intelectual "puro" y abstraído de la terrenalidad política. Paco Ignacio es un militante, sin tener afiliación partidiaria, un actor antes que un testigo de piedra. De ahí que, según él mismo lo ha aclarado, la novela contiene múltiples referencias al presente y al futuro de la nación. No es ingenua ni mucho menos imparcial. La obra toma partido. No es tanto como parece, o nos han hecho creer que parece, lo que ha cambiado del XIX mexicano a la fecha; tomar el partido del saqueo, la expoliación, el arrasamiento de la nacional sería, en palabras del mismo Taibo, una chingadera. 

¿Habrá final feliz? 

Por otro lado, si bien tal identificación entre el autor y sus personajes principales posibilita un tono emotivo, e incluso por momentos apasionado, ésta sufre de un exceso que la conduce a la trasgresión del autor de los espacios de los personajes. Es decir, Taibo, por momentos, abandona a Prieto, quién es la "voz", y asalta con su propio lenguaje, con las expresiones de Paco Ignacio Taibo II, el texto. Mientras es posible percibir a un autor preocupado por que sean los personajes los que se expresen y muevan "por sí mismos" la novela gana; mas de pronto pareciera que a Taibo lo vence la pasión y se vuelca de tal manera en el texto y personajes que se vuelve uno más. Autor y personaje se mimetizan en función de la personalidad, juicios y lenguaje del primero. El narrador emite frases que en rigor no pertenecen a quién, y en la novela le son adjudicadas. Queda. así, lamentablemente roto el artificio narrativo ideado originalmente por Taibo para su novela: los manuscritos "perdidos" de Guillermo Prieto. 
 

El novelista, en función de la crítica, peca de exceso. Y no obstante ello, hemos de señalar que en otro sentido también lo hace de insuficiencia. Existen pasajes, por ejemplo el que relata el beso de los dos excombatientes gringos en el desierto, que dan la impresión de haber podido dar más de sí. Cierto es que se trata de una novela situada en una época de guerra y es justo que las batallas tengan un lugar preponderante, pero aún así nos parece que se deja de lado la posibilidad de profundizar cuadros que reafirmen lo que parece ser una apuesta implícita en la obra: la "humanización" de la pétrea figura heroica, la solemnidad histórica volando en mil pedazos. Recuperar al individuo, la intimidad de sus cartas y miedos; reconstruir el pasado sin la rigidez de las efemérides y su mitología. 

La eficacia narrativa de La lejanía extraña más relatos sobre la "vida real" de los personajes y padece de demasiadas escaramuzas militares. No obstante, es necesario reconocer la capacidad del autor para echar mano de distintos géneros narrativos. Lo mismo hace uso, de manera por demás talentosa y creativa, de lo epistolar, que de narraciones en primera, segunda y tercera personas; memorias; crónica, etcétera, lo cual lo coloca como un narrador de primera talla. Y de paso demuestra que la calidad, de ningún modo, está reñida, mucho menos divorciada, de lo ágil y ameno. A su modo, Taibo ha construido una novela de aventuras. Tal y como lo hicieron en su momento Dumas, Salgari, Conrad, hay la intención manifiesta de entretener. Hacer de la literatura diversión, como pareciera el colofón de Taibo, no tiene que ver con la calidad artística de una obra; mucho menos lo coloca como menor o literatura de segunda. Para ejemplificar lo anterior basta con ver la denodada y exitosa defensa que Paco ha hecho de la literatura policiaca, desdeñada durante largo tiempo por los "lectores serios". 

Alejado de los cenáculos y mafias, Taibo es un narrador que entiende el oficio de escribir como un juego, un divertimento donde la otra parte, el otro, es el lector, antes que el profesional de la crítica. Taibo es, en el más puro sentido del término, un conductor de historias. Un constructor de mundos diferentes que con gran tino viene ahora a demostrar que las historias de la Historia pueden ser narradas de manera divertida. Paco Ignacio Taibo II asume el riesgo de reiventar el pasado para que, siguiendo a Fuentes, "no se nos fosilice en las manos". Irreverente con el pasado marmóreo, Taibo se convierte en un desempolvador de historias, un removedor eficaz de memorias, un emisor de mensajes cifrados para el presente. Taibo es acción, asombro, burla, absurdo, ingenio, emoción, congruencia. Es muestra alentadora de que es posible desacralizar la historia rígida, maniquea, de juicios morales lapidarios, para hacerla más amena, más humana al transitar por caminos que si no nuevos, sí renovados por un autor capaz - otra vez Fuentes - de "imaginar el pasado, de recordar el futuro". Las historias de Paco cuentan, en realidad, sólo una: la de la fatalidad cíclica, pero también la de la obstinación empeñada por romper el cerco del sino. Porque en esa historia, pasado y futuro, instante y destino, derrota y caos, necia resistencia, se vuelven eterno presente. ¿Habrá, para esa historia, final feliz?, ¿habrá - acaso - final?

(Antonio Tenorio Muñoz Cota, en Topodrilo, publicación bimestral de Sociedad, Ciencia y Arte de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa y del Grupo Cultural Topodrilo, n.26)